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En mi artículo anterior, empezamos nuestra consideración del sexto mandamiento, enfocándonos en lo bueno de nuestra sexualidad y la importancia de vivirla según el plan de Dios. Ahora, quiero enfocarme en las bendiciones que surgen de la fidelidad en el matrimonio, las consecuencias tristes que siguen al pecado del adulterio y la llamada a cada pareja casada Cristiana a evangelizar.
Una herencia de fidelidad
Un amigo compartió una vez conmigo un momento bello que vivió con su abuela poco antes de que ella muriera. Lo que había empezado como un pequeño cáncer se propagó a la mayor parte de sus órganos internos y la muerte se acercaba. Al ver a su abuela en ese estado, aparentemente inconsciente debido a los medicamentos dados para el dolor, pensó en lo agradecido que le estaba por haber vivido un matrimonio fiel con su abuelo, quien había muerto unos años atrás.
Su matrimonio había sido uno en el que tuvieron que perseverar a través de la pobreza durante la Gran Depresión, varias enfermedades, la pérdida de varios hijos, y sin duda, las muchas trivialidades y tentaciones que roen al matrimonio con el paso de los años. Este era un matrimonio que había experimentado cada aspecto de “en lo próspero y en lo adverso, en la riqueza y la pobreza, en la salud y en la enfermedad.”
Mi amigo inclinó la cabeza y le dijo suavemente, “Gracias, abuela, por la herencia de amor que nos has dejado por medio de tu matrimonio fiel con Abuelo. ¡Es un gran regalo para nosotros!” Aparentemente, le oyó, porque sus ojos se abrieron brevemente y una sonrisa tranquila apareció. Poco después murió.
Tal es la herencia de amor entregada a las generaciones siguientes por los matrimonios fieles y amorosos. Las consecuencias de una vocación fiel y bien vivida son incalculables para las generaciones de las familias afectadas y para la misma pareja. Mi amigo recibió de sus abuelos el conocimiento de que su matrimonio también podría sobrevivir y mantenerse fiel en medio de grandes dificultades. Esta anciana mujer, en uno de sus últimos momentos en la tierra, recibió el consuelo expresado por el salmista, “…me has fortalecido porque no había falta en mí; ahora me mantendrás en pie, en tu presencia para siempre” (Salmo 41:13). Esta es la realidad realizable y bendita protegida por el sexto mandamiento: No cometerás adulterio.
¡Qúe tan desesperadamente la Iglesia y el mundo de hoy necesitan el ejemplo del matrimonio vivido con fidelidad! El teólogo moral William E. May escogió una imagen apropiada cuando nombró su libro en defensa de este sacramento: “El Matrimonio: La roca en que edifica a la familia.” El matrimonio debe ser firme como una roca en obsequio a las tantas realidades bellas que dependen de él: la estabilidad de la familia y de la comunidad, la seguridad y el bienestar psicológico de los niños, la inculcación de la virtud personal a la próxima generación, y mucho más.
La Herencia Opuesta del adulterio
Las sagradas escrituras condenan el pecado de adulterio porque la herencia del adulterio trae una fruta muy diferente y amarga a la herencia de la fidelidad. Esta herencia es una de injusticia profunda.
Hay muchas injusticias predominantes en nuestro mundo herido, pero no hay injusticia más personal que el adulterio. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (#2381), “El que comete adulterio falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.”
Todos sufren a causa del adulterio, especialmente los niños. El sufrimiento de los niños, muchas veces no reconocido en la sociedad de hoy pero no obstante claramente real, revela la declaración falsa de que “la infidelidad no perjudica a nadie.” Expone la mentira de que los estatutos de “divorcio sin culpa” constituyen leyes buenas para la sociedad. En muchos casos, las leyes corrientes del divorcio en realidad recompensan el comportamiento irresponsable. Proporcionan un encubrimiento conveniente a la gran injusticia sufrida por las partes más inocentes y el daño que hace a nuestros niños.
Este daño es presentado claramente en el Catecismo (#2385), “El divorcio adquiere también un carácter inmoral a causa del desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social.”
Nuestra actitud hacia los divorciados, incluyendo aquellos responsables por haber provocado el divorcio, debe ser la de Cristo. Aún aquellos que son responsables por el divorcio o el adulterio continúan siendo nuestros hermanos y hermanas en el Señor. Es nuestro deber hacer claro que la Iglesia no los abandona. Los aceptamos con nuestras oraciones y les aseguramos que la misericordia de Dios es más fuerte que el pecado. Mientras que la Iglesia, fiel a la enseñanza de Jesús sobre el divorcio, no permite la comunión eucarística para las personas divorciadas que se han casado de nuevo, tampoco se las excomulga de su presencia. Como personas bautizadas, los divorciados todavía comparten la vida y oración de la Iglesia. Algunos matrimonios que terminan en el divorcio civil, nunca fueron matrimonios válidos desde su comienzo. La Iglesia ayuda a dichas personas en tales casos a través del proceso judicial de anulación.
La misión del matrimonio: ¡una evangelización marital nueva!
¿Qué es lo que pide Dios, en la Nueva Evangelización, de aquellos discípulos que El llama a la vocación del matrimonio? ¿Cuál es la misión que en el nombre de Cristo surge del trabajo amoroso y duro de matrimonio y familiavividos fielmente según el sexto mandamiento y el Evangelio de la Vida? El Papa Benedicto XVI (Cardenal Ratzinger en ese tiempo) habló a catequistas durante el Año de Jubileo del 2000 sobre los puntos claves para la evangelización en nuestros tiempos:
“Evangelizar quiere decir: demostrar este sendero enseñar el arte de vivir. Al principio de su ministerio público Jesús dice: He venido a traer la Buena Nueva a los pobres (Lucas 4:18); esto quiere decir: tengo la respuesta a tu pregunta fundamental; te mostraré el camino de la vida, el camino hacia la felicidad pues, Yo soy el camino.
“La pobreza más profunda es la incapacidad de alcanzar el gozo, el tedio de una vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza es extendida hoy día, en diferentes formas tanto en los países ricos con sus riquezas materiales como en los países pobres. La incapacidad de experimentar el gozo presupone y produce la incapacidad de amar, produce los celos, la avaricia todos ellos defectos que desvastan las vidas de los individuos y del mundo. Es la razón por la cual necesitamos una nueva evangelización si el arte de vivir permanece desconocido, nada más sirve. Pero este arte no es el objetivo de la ciencia este arte solo puede ser comunicado por El que tiene la vida El que es el Evangelio personificado.”
La misión de las parejas casadas Cristianas obviamente va más allá de evitar el adulterio. La llamada es que permanezcan abiertas a la plenitud de la gracia en el sacramento del matrimonio, especialmente a vivir la relación conyugal completamente, en castidad y siendo fructuosos a ser esa roca en la que los niños, la parroquia, el vecindario y muchos otros pueden depender en tiempos buenos y tiempos malos.
Muchas veces esta forma de la Nueva Evangelización no es visible. Kimberly Hahn, en su libro perspicaz sobre el matrimonio, Life-Giving Love (El amor que da vida), escribe (página 143), “Dios sabe lo que hace al llamarnos a este trabajo increíble de cambiar el mundo un pañal a la vez.”
La fidelidad en el matrimonio puede parecer ordinaria y rutinaria. Pero aún los actos más pequeños pueden construir algo maravilloso cuando están llenos del amor. Como un río subterráneo, el cual no es visible, los actos de amor hechos en una relación matrimonial fiel y sacrificador producen frutos ricos en el Reino de Dios. Los hijos y nietos de estas parejas casadas algún día descubrirán de donde fueron alimentados. Ciertamente, Dios sabrá.
Fidelidad en el matrimonio, con la gracia de Dios, es posible. También es una obligación en justicia por aquellos que hacen el compromiso matrimonial. De esta devoción al compromiso matrimonial, todos nosotros en el Cuerpo de Cristo recibimos un recuerdo, a menudo callado e irremplazable, del amor fiel de Dios.
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