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21 de Septiembre del 2006
‘No tengas otros dioses fuera de mí’
Segunda Parte
Al darnos el primero de los Diez Mandamientos, Dios empieza claramente con una fuerte declaración antes de decir, “No tengas otros dioses fuera de mi.” Esta fuerte declaración antes de proclamar este mandamiento es la siguiente “Yo soy Yahvé tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud.” Con estas palabras, el Señor hace recordar a su pueblo acerca de Su identidad y del poder amoroso por lo que los rescató de la esclavitud y les dío el don de la libertad. El provee, en otras palabras, la motivación para la obediencia y la fe.
En la pasada edición de The Catholic Sun, examinamos como este mandamiento es para nuestro bien y no para el de Dios, y como prepara el camino para una relación de confianza amorosa con Dios como Padre, la cual es la esencia de la religión. Por otra parte, poner confianza en dioses falsos es la más grande de las tragedias humanas. En este momento, consideremos algunos de los pecados en contra del Primer Mandamiento que llevan a un trágico fin: pecados como la superstición, la idolatría y la magia. Luego, en la próxima edición, examinaremos las virtudes teológicas que sostienen la obediencia a este mandamiento: la fe, la esperanza y el amor.
La superstición: jugando un juego de poder con Dios
Cuando la gente recurre a las prácticas supersticiosas, están imitando la adoración verdadera de Dios. Esto pasa muchas veces porque están buscando una ventaja injusta, fama o fortuna al ofrecer homenaje a las fuerzas de la naturaleza o a poderes personales fuera de Dios. Esto es lo que usó el diablo para tentar a Jesús en su tercera tentación infame. Según San Mateo (Mateo 4:8-10), “Después lo llevó el diablo a un cerro muy alto, le mostró toda la riqueza de las naciones y le dijo ‘Te daré todo esto si te hincas delante de mí y me adoras.’ Entonces Jesús le respondió ‘Aléjate de mí, Satanás, porque dice la Escritura: Adorarás al Señor tu Dios, a él solo servirás.’”
La adoración pertenece solo a Dios. Pagar homenaje a cualquier otro es el colmo de la locura y un resultado del orgullo o del hambre desenfrenada por el poder. Es lo opuesto a la confianza humilde en el amor de Dios. Desgraciadamente, la tentación a actividades supersticiosas no ha desaparecido en el siglo 21. La sed por el poder es algo que todavía atrae nuestra naturaleza humana caída, especialmente en culturas altamente secularizadas como las de América del Norte y Europa Occidental.
La Magia: No tan solo un truco de Harry Potter
Interés en la magia (no los trucos que engañan nuestros ojos sino aquellos que están realmente asociados con las fuerzas ocultas de poder) no es tan solo un fenómemo de Harry Potter. De hecho, su práctica sórdida era predominante en los tiempos del Nuevo Testamento. Noten, por ejemplo, en Hechos 13:6-11, que Pablo y Bernabé tuvieron que contender con un mago de nombre Bar-Jesús quien oponía sus esfuerzos de traer el don de la fe al gobernador Segio Paulo. Con mucha seguridad y dependiendo del Espíritu Santo, Pablo confrontó al mago con estas palabras fuertes: “Tú, hijo del diablo, lleno de engaño y de maldad, enemigo de todo bien, ¿cuándo terminarás de torcer los rectos caminos del Señor? Ahora la mano del Señor va a caer sobre ti. Quedarás ciego y por algún tiempo no verás la luz del sol.” San Lucas nos dice que, tras esas palabras de fe, el mago Bar-Jesús quedó ciego pero Sergio Paulo recibió el don de la fe en Cristo, ayudado en parte por el reproche fuerte de Pablo del arte al magia.
En Efeso (Hechos 19:13-20), Pablo tuvo una confrontación similar con magos y espíritus malos. En este caso, el Espíritu Santo trajo resultados aún más dramáticos. San Lucas nos dice (Hechos 19:19-20) “Y no pocos de los que habían practicado la magia, juntaron sus libros y los quemaron delante de todos. Calculando el precio de los libros se estimó en cincuenta mil monedas de plata. Así, por el poder del Señor, su Palabra se extendía y se robustecía.”
Los magos recurren a las prácticas ocultas para influenciar el curso de eventos humanos o para ganar algo injustamente. Ellos puede que busquen la asistencia de dioses falsos o de algunas fuerzas secretas de la naturaleza. Lo que los magos rehúsan hacer es reconocer al Dios vivo y verdadero y darle la adoración que El merece. Algunas personas recurren al mago debido al temor o la ignorancia, en tal caso su pecado es menos serio. Pero otros deliberadamente intentan abrigar una idea torcida de Dios y se oponen a Su voluntad y plan.
Por otra parte, lo opuesto a la magia se encuentra en el ejemplo maravilloso de los Reyes Magos (Mateo 2:1-10). Estos hombres viajaron desde lejos para arrodillarse y rendir homenaje a Cristo, el Rey recién nacido. Buscaron la verdad por todos los medios que tenían disponibles, y cuando encontraron que esta verdad les llevó a Cristo, no vacilaron ni por un momento en adorarle y ofrecerle regalos preciosos.
En este tiempo en que el interés en la magia está aumentando, y la práctica de la fe Católica en América parece disminuir, qué significante es aprender de los Reyes Magos el valor tan importante de la adoración y la veneración. Como declara el bello himno latino navideño, “Venite! Adoremus Dominum!” “Venid y adoremos al Señor.”
Idolatría: Ceguera a la grandiosidad de Dios
En uno de sus poemas, Elizabeth Barrett Browning escribe: “La tierra está abarrotada del cielo, y cada arbusto ardiendo con Dios; pero tan solo él que ve, se quita sus zapatos, los demás se sientan alrededor de este, cogiendo zarzamoras.”
La maravilla de la creación parece obvia a las personas con una fe viva. Pero para los que no creen en Dios y para aquellos que toman parte en la idolatría, el mundo creado pierde su grandiosidad. San Pablo considera este problema en su Carta a los Romanos (1:18-32). Por una parte él dice, “Desde que El hizo el mundo, contemplarlo a través de sus obras y entender por ellas que él es eterno, poderoso, y que es Dios.” Entonces por otra parte, el Apóstol a los gentiles escribe, “Pretendían ser sabios cuando hablaban como necios. Cambiaron la Gloria del Dios inmortal por imágenes con forma de hombre mortal, de aves, de animales o de serpientes…han cambiado al Dios de verdad por la mentira; han adorado y honrado a seres creados, prefiriéndolos al Dios Creador.”
La atracción a la idolatría aumenta a medida que la gente se separa de Dios. Cuando las personas fa-llan en adorar a su Creador, son tentados a crear su propio dios, un ídolo al que pueden manipular para sus propios propósitos. Aunque pueda parecer que les beneficia momentáneamente aquí en la tierra, nunca puede traer la alegría duradera. Lo peor de todo es que les cierra los ojos a la belleza de Dios, revelada a nosotros en Cristo.
El Catecismo de la Iglesia Católica describe la idolatría de esta manera (#2113), “Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc.”
La fe genuina que rechaza todos los ídolos y dobla la rodilla en adoración sincera de Dios trae a una visión tal como la del poeta irlandés Joseph Mary Plunkett: “Veo Su sangre en la rosa y la gloria de Sus ojos en las estrellas. Su cuerpo brilla entre las nieves eternas, Sus lágrimas caen de los cielos…Todos los caminos bajo sus pies están desgastados, Su corazón fuerte se mueve en cada latido del mar, Su corona de espinas está trenzada con cada espina, Su cruz es cada árbol.”
Copyright 2006 The Catholic Sun.
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