Local News

Nation/World

News Briefs

Editorial

Letters to the Editor

Bishop Olmsted

Perspectives

Media/Arts

Flickr Photos

Classifieds

La Comunidad

Sunbeams

Publication Schedule

Phoenix Diocese

Vatican

USCCB


Special Sections

You Welcomed Me, a pasotral letter on migration [PDF]

Why is Marriage Important to the Catholic Church? [PDF]

Welcome to the Diocese [PDF]


Save This Page

7 de Septiembre del 2006

‘No tengas otros dioses fuera de mí’

Primera Parte

Primero por una razón

El primero de los Diez Mandamientos es primero por buena razón.  La adoración a Dios y la confianza inocente en El es la esencia de la religión.  La adoración de dioses falsos, por otra parte, es la más grande de todas las tragedias y el epítome de orgullo insensato. El Salmo 115:5-6: describe esta insensatez con una claridad notable al decir de los ídolos o dioses falsos: “Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y no oyen, nariz y no huelen.  Manos, y no palpan, pies y no caminan, su garganta no emite ni un murmullo.  Así como ellos sean sus autores y todos los que en ellos tienen fe.”

Con el primer mandamiento, “Yo soy Yahvé tu Dios.  No tengas otros dioses fuera de mí,” el Señor nos da la sabiduría clave que necesitamos para establecer nuestras vidas sobre roca sólida.  Esta sabiduría de Dios es tan importante que Jesús lo afirma de nuevo en su enseñanzas (Mateo 22:37), “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y el más importante de los mandamientos.”  Fíjense como Jesús enseña que nuestro amor por Dios tiene que ser completo.  La fe genuina no puede ser a medias. Debemos hacer nuestra la máxima misma del Papa Juan Pablo II, Totus Tuus, “Totalmente tuyo.”

La adoración a Dios es buena para el hombre

El primer mandamiento, como todos los otros, es un regalo de Dios para nuestro bien, no para el Suyo. Dios no tiene ninguna necesidad de nuestra alabanza; no añadimos nada a su esplendor y gloria.  Pero porque es un Dios de amor, El nos indica el sendero hacia la plenitud de vida y la alegría. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (CCC, 2114), “La vida humana se unifica en la adoración del Dios único. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita.”

El orgullo y la arrogancia, no obstante, consideran la veneración de Dios con desdén. El orgulloso insiste tercamente en la independencia humana completa y en los auto logros.  Hay una antigua tradición que dice, “El diablo no tiene rodillas.” No tiene rodillas porque rehúsa doblar la rodilla; rehúsa doblegarse y venerar al Señor.  Aquellos que tienen sus corazones fijados solamente en este mundo también rehúsan rendir homenaje a Dios. Los únicos lastimados por esta imprudencia son los mismos orgullosos.  Dios ama a todas sus criaturas y desea que todos los seres humanos sean salvos, pero El no forzará a ninguno de nosotros a aceptar el don de la salvación en contra de nuestra voluntad.  Trágicamente, sin embargo, el que rehúsa obedecer al primer mandamiento no puede entrar al Reino de los Cielos.

Asegúrate de que amas al Dios verdadero

En este valle de lágrimas que es la vida terrenal, hay dioses falsos que compiten por nuestra atención y últimamente por nuestra lealtad.  Jesús dice que es cuestión de decidir a cual patrón serviremos (Mateo 6:24), “Ningún servidor puede quedarse con dos patrones, porque verá con malos ojos al primero y amará al otro, o bien preferirá al primero y no le gustará el segundo.  Es imposible servir al mismo tiempo a Dios y a las riquezas.

Aunque nosotros los seres humanos nos engañamos fácilmente a nosotros mismos, pensando que estamos completamente en control de nuestras vidas, y sin subordinación a nadie, Jesús afirma inequívocamente que cada persona servirá a algún patrón.  Entonces la pregunta es, ¿a cuál maestro serviré?  El Señor enseña que la selección de servir a Dios es, de hecho, un asunto de confianza.  Es, en otras palabras, lo opuesto de depender solamente de si mismo o del dinero o de cualquier otra cosa que sea nuestra riqueza.  Dios nos creó de tal manera que nosotros no podemos ser saciados por cualquier bien material; podemos ser saciados solamente por El. Porque el confiar en Dios es difícil, la tentación es entonces hacer nuestro “dios” un bien material  porque buscamos la satisfacción en el lugar equivocado. 

La persona que confía en Dios completamente se eleva por encima de las  ansiedades y preocupaciones. Escuchen otra vez las palabras de Cristo acerca de esto (Mateo 6:25ff), “Por eso les digo: No anden preocupados por su vida: ¿qué vamos a comer? ni por su cuerpo: ¿qué ropa nos pondremos?  ¿No es más la vida que el alimento y el cuerpo más que la ropa?  Miren cómo las aves del cielo no siembran, ni cosechan, ni guardan en bodegas, y el Padre celestial las alimenta.  ¿No valen ustedes más que las aves?  ¿Quién de ustedes, por más que se preocupe puede alargar su vida? Busquen primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura.

Confíen en el amor del Padre

Aunque el primer mandamiento contiene las palabras, “No tengas otros dioses fuera de mí,” su propósito, a fin de cuentas, es preparar el camino para una confianza profunda en el amor Dios, el único y solo Dios que quiere que le conozcamos como un Padre amoroso y que le llamemos por el nombre de Padre.

Por esta razón, sería malo pensar que este mandamiento de alguna manera desatiende o empequeñece la búsqueda sincera de Dios que gente de buena voluntad ha hecho a lo largo de la historia.  Preguntas sobre Dios vienen de nuestra experiencia de ser humanos.  Estas preguntas están vinculadas con las cuestiones de encontrar sentido al enfrentar la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.  Es común, en algún punto en la vida, hacerse preguntas como estas:  “¿Quién soy yo?”  “¿De dónde vine y a dónde voy?”  “¿De qué se trata la vida?”

Algunos de nuestros santos más grandes, en algún momento de sus vidas, han luchado grandemente con este tipo de pregunta.  Consideren, por ejemplo, a San Agustín de Hippo, quien, después de una juventud desenfrenada, después de engendrar por lo menos un hijo fuera del matrimonio, después de explorar varias religiones y filosofías, al fin y al cabo descubrió que su búsqueda de Dios no fue nada en comparación a la búsqueda de Dios por él.  Agustín, al final, encontró que su descontento e impaciencia eran en verdad un anhelo por Dios que nunca acabaría. En su famosa autobiografía, Las Confesiones, escribió, “Nos hiciste para ti mismo, O Dios, y nuestros corazones no descansan hasta que descansen en ti.”

La obediencia al primero de los Diez Mandamientos finalmente nos lleva a una confianza amorosa y una entrega esperanzadora a Dios.  Descubrimos la sabiduría de rezar a Dios con las palabras del Salmo 139:13-14, “Pues tú, Señor, formaste mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre.  Te doy gracias por tantas maravillas, que tú has ejecutado.”  Recibimos  la gracia de decir con Jesús (Lucas 23:46), “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

En las próximas ediciones de The Catholic Sun, examinaremos algunos de los pecados en contra del primer mandamiento que llevan a la desintegración de aquellos que los cometen, pecados como la superstición, la idolatría y la brujería.  También examinaremos las virtudes teológicas que apuntalan la obediencia a este mandamiento: la fe, la esperanza y el amor.

Copyright 2006 The Catholic Sun.



Web
The Catholic Sun

Copyright 2006 The Catholic Sun Newspaper. All Rights Reserved. Contact The Catholic Sun.