La música litúrgica como participación en Cristo

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Cantar la Misa — primera parte

San Agustín recuenta en su autobiografía “Las Confesiones” una experiencia que vivió durante el canto de la Misa:

¡Como lloré, profundamente conmovido por sus himnos y cánticos y las voces que resonaron por su Iglesia! ¡Que emoción sentí en ellos! Esos sonidos entraron en mis oídos, destilando la verdad en mi corazón. Un sentimiento de devoción creció dentro de mí, y lágrimas por mi cara — lágrimas que me hicieron bien”.

¿Cómo podemos explicar esta experiencia abrumadora y transformadora que guió a uno de nuestros más grandes santos a la Iglesia? Claramente, esto era mucho más que un hombre simplemente movido por una canción bien realizada. Todo su ser estaba penetrado y transformado a través de la música. ¿Cómo puede ser esto?

En la Misa, Cristo canta al Padre

El Reverendísimo Thomas J. Olmsted es le obispo de la Diócesis de Phoenix. Fue instalado como el cuatro obispo de Phoenix el 20 de diciembre de 2003, y es el líder espiritual de los 1,1 millones católicos en la diócesis.

El Catecismo de la Iglesia Católica (#1157) hace una referencia directa a la experiencia de San Agustín cuando enseña que la música y el canto de la liturgia “participan en el propósito de las palabras y acciones litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los fieles”.

La misma misa es una canción; esto se supone para ser cantada. Recuerde que los Evangelios sólo nos hablan de un tiempo cuando Jesús canta: cuando instituye la Santa Eucaristía (Mateo 26:30; Marcos 14:26). No nos debe sorprender, entonces, que Cristo canta cuando instituye el sacramentum caritatis (el sacramento del amor), y que por la gran mayoría de los últimos 2,000 años, las varias partes de la Misa han sido cantadas por los sacerdotes y fieles. En el decenio de 1960, el Segundo Concilio Vaticano favoreció un redescubrimiento del antiguo concepto de cantar la Misa: “[la tradición musical de la Iglesia universal] forma un parte necesaria o esencial de liturgia solemne” (Sacrosanctum Concilium, 112). La Misa es más si misma cuando es cantada.

Este redescubrimiento reciente de “cantar la Misa” no empezó con el Segundo Concilio Vaticano. Después de un movimiento que se remonta al menos al Papa San Pío X en 1903, el Papa Pío XII escribió en 1955, “La dignidad y propósito alto de la música sagrada consiste en el hecho que sus melodías y el esplendor encantadores embellecen las voz del sacerdote que ofrece la Misa y de las personas cristianas que alaban al Dios soberano” (Musicae Sacrae, #31).

En los años inmediatamente después del Concilio, surgió la necesidad de destacar y aclarar la enseñanza del Concilio sobre a la importancia de la oración litúrgica en su forma nativa cantada. En 1967, La Sagrada Congregación de Ritos escribió:

De hecho, por esta forma [oración litúrgica cantada], la oración se expresa en una forma más atractiva, el misterio de la Liturgia, con su naturaleza jerárquica y de comunidad, es más mostrada abiertamente, la unidad de corazones es más profundamente lograda por la unión de voces, las mentes son más fácilmente levantadas a cosas celestiales por la belleza de los ritos sagrados, y toda la celebración más claramente prefigura claramente la liturgia celestial que es promulgada en la ciudad santa de Jerusalén” (Musicam Sacram, #5).

En otras palabras, la oración litúrgica cantada más revela efectivamente el misterio de la liturgia así como más logra fácilmente sus propósitos celestiales. De esta manera, la liturgia cantada es una revelación de Cristo así como un vehículo para la participación profunda en su acción salvífica.

¿Qué es la música sagrada?

La música sagrada es, en el sentido más estrecho, aquella música creada para apoyar, elevar, y expresar mejor las palabras y las acciones de la liturgia sagrada. El Concilio la exalta como música “estrechamente relacionada … con la acción litúrgica” (Sacrosanctum Concilium, 112), por ejemplo, el Orden de la Misa (diálogos entre ministros y la congregación, el marco incambiable de la Misa), el Ordinario de la Misa (Kyrie, Gloria, El Credo, Sanctus y Agnus Dei), y el Propio de la Misa (las oraciones cantadas del sacerdote, el Salmo Responsorio, Aleluya y los Versos, las antífonas y los salmos prescritos para las procesiones).

La música sagrada es distinta de la categoría más amplia de lo que podemos llamar música “religiosa”, lo que ayuda y apoya la fe cristiana pero no es principalmente una parte de la liturgia sagrada. La música “religiosa” incluye diversas prácticas de música devota, tales como el canto popular, música de “alabanza y adoración”, así como una multitud de otras formas musicales.

El redescubrimiento entusiástico del Concilio y su promoción de música sagrada no estaba destinado para desalentar música “religiosa” sino para favorecerla — asumiendo la distinción clara y la relación apropiada entre ellos. Sólo unos años antes del Concilio, Papa Pío XII escribió:

Nosotros también debemos celebrar en honor esa música que no es principalmente una parte de la liturgia sagrada, pero que por su poder y propósito ayuda mucho a la religión. Esta música es por lo tanto correctamente llamada bien música religiosa. Como lo muestra la experiencia, que puede ejercer una gran y saludable fuerza y poder en las almas de los fieles, tanto cuando se usa en iglesias durante las ceremonias y servicios no-litúrgicos, o cuando se usa fuera de las iglesias en varias solemnidades y celebraciones” (Musicae Sacrae, #36).

Participando en el Misterio de Cristo

¿Cuales son las características concretas de la música sagrada? El Catecismo (CCC 1157) nos enseña que la música sagrada cumple su tarea según tres criterios: 1) la belleza expresiva de la oración 2) la participación unánime de la asamblea en los momentos designados, y 3) el carácter solemne de la celebración. Los tres criterios vinculan la música sagrada íntimamente al trabajo de Cristo en la liturgia y en los corazones.

  1. La belleza expresiva de oración. Como hemos visto, música sagrada es la oración litúrgica de la Iglesia en la forma cantada. Cuando escuchamos a la música sagrada, escuchamos oración. Escuchamos la misma liturgia. En la Misa, escuchamos la más hermosa de oraciones: la oración de Cristo de oblación al Padre. La música puede expresar cualquier número de cosas; pero la música sagrada expresa algo totalmente único: la oración salvífica y expiatoria de Cristo y la Iglesia en la liturgia.
  2. Participación unánime. Como ya comenté en artículos anteriores en la nueva traducción al inglés de la Misa, la participación litúrgica es principalmente la participación con y en el mismo Cristo, arraigado por la participación interior profunda de cada persona. La música sagrada poderosamente nos ayuda en esta unión del corazón y la mente con cualquier acción litúrgica que está tomando lugar exteriormente. “Unánime” significa “de una mente/alma”; así la música sagrada apunta a unirnos todos al alma de Cristo en el amor perfecto para el Padre en cada paso de la Misa
  3. Carácter solemne. En la sagrada liturgia, Cristo nuestro Señor realiza el trabajo de nuestra redención por signos sacramentales. La liturgia es, entonces, una experiencia solemne, y por lo tanto la música sagrada tiene este carácter. Lejos de significar el frío, insensible, o distante, el carácter solemne de música sagrada se refiere a su enfoque ferviente, intenso, y festivo en el gran Misterio que sirve: Cristo redentor y el amor redentor y transformador de Cristo para su Iglesia.

En la próxima parte de esta serie sobre cantar la Misa, yo examinaré la historia rica de música sagrada a fin de iluminar lo que el Segundo Concilio Vaticano significó cuando nos llama a preservar y fomentar “el tesoro inestimable” de la música sagrada.