El Santo que inspira al Papa Francisco: San Ignacio de Loyola

La parte superior de la escultura de “San Ignacio de Loyola,” por Juan Martínez Montañés y Francisco Pacheco, en la exposición “El Sagrado Hecho Real” en la Galería Nacional de Arte en Washington el 24 de febrero del 2010. La exposición incluye pinturas y esculturas religiosas del Siglo de Oro español, cuando artistas representaron a Cristo, María y los santos con un realismo intenso. (CNS photo/Nancy Wiechec)
La parte superior de la escultura de “San Ignacio de Loyola,” por Juan Martínez Montañés y Francisco Pacheco, en la exposición “El Sagrado Hecho Real” en la Galería Nacional de Arte en Washington el 24 de febrero del 2010. La exposición incluye pinturas y esculturas religiosas del Siglo de Oro español, cuando artistas representaron a Cristo, María y los santos con un realismo intenso. (CNS photo/Nancy Wiechec)
The Most Rev. Thomas J. Olmsted is the bishop of the Diocese of Phoenix. He was installed as the fourth bishop of Phoenix on Dec. 20, 2003, and is the spiritual leader of the diocese's Catholics.
The Most Rev. Thomas J. Olmsted is the bishop of the Diocese of Phoenix. He was installed as the fourth bishop of Phoenix on Dec. 20, 2003, and is the spiritual leader of the diocese’s Catholics.

[dropcap type=”4″]L[/dropcap]a primera comunidad religiosa en tener un cuarto juramento de disponibilidad al Papa es la Compañía de Jesús (los Jesuitas), fundada por San Ignacio de Loyola y sus compañeros. Es por providencia de Dios, que ahora tenemos, por primera vez en la historia, un Papa Jesuita. No ha de sorprender, entonces, que el Papa Francisco se sienta cerca a San Ignacio y que haya sido grandemente impactado por su vida y su enseñanza. Al acercamos a la fiesta anual de San Ignacio el 31 de julio, les invito a acompañarme en examinar lo que el Papa Francisco dijo a sus compañeros Jesuitas el día de fiesta de su fundador en el año 2013 AD.

Descentrado de uno mismo para que Cristo esté allí

En sus Ejercicios Espirituales (una guía confiable para discernir la voluntad de Dios), San Ignacio, dice el Santo Padre, “nos sitúa ante nuestro Señor Jesucristo, nuestro Creador y Salvador (cf. EE, 5). Y esto nos lleva … a estar ‘descentrados’, a tener delante al ‘Cristo siempre mayor’, … a salir del ‘propio amor, querer e interés’ (EE, 189). No está descontada la pregunta para nosotros, para todos nosotros: ¿es Cristo el centro de mi vida? ¿Pongo verdaderamente a Cristo en el centro de mi vida? Porque existe siempre la tentación de pensar que estamos nosotros en el centro”.

Es evidente que el hombre conocido antes como el Cardenal Jorge Bergoglio no dejó atrás su espiritualidad Jesuita cuando fue elegido para ser el sucesor de Pedro. Contínuamente se esfuerza por ser un compañero fiel de Jesús, y nunca dar por sentado el privilegio de oír la palabra del Señor que dijo a los apóstoles en la Última Cena (Juan 15), “Ya no les llamo servidores, les llamo amigos”.

Una medida que demuestra bien que sí nos hemos descentrados para poder poner a Cristo en el centro es la prioridad que damos a la Iglesia. El Papa Francisco dice, “A la centralidad de Cristo le corresponde también la centralidad de la Iglesia: son dos fuegos que no se pueden separar: yo no puedo seguir a Cristo más que en la Iglesia y con la Iglesia. … Servir a Cristo es amar a esta Iglesia concreta, y servirla con generosidad y espíritu de obediencia”.

Permitir que Cristo te conquiste

Dios nunca abandona a Su pueblo; Él nos ama y nos escucha cuando clamamos a Él. Por otro lado, es aconsejable para nosotros, que somos cristianos, abandonarnos confiadamente a Él. O como dice el Papa Francisco, necesitamos permitir que Cristo nos conquiste.

Refiriéndose a los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, el Santo Padre dice, “ser conquistado por Cristo para ofrecer a este Rey toda nuestra persona y toda nuestra fatiga (cf. EE, 96); decir al Señor querer hacer todo para su mayor servicio y alabanza, imitarle en soportar también injurias, desprecio, pobreza (cf. EE, 98). … Dejarse conquistar por Cristo significa tender siempre hacia aquello que tenemos de frente, hacia la meta de Cristo”.

San Ignacio, habiendo sido un soldado por años, gustaba emplear términos del campo de batalla. Imaginó la Compañía de Jesús como la milicia espiritual del Papa, con todo el mundo como su campo de operaciones. Ya que quería que los Jesuitas fueran fuertes en la batalla espiritual contra el diablo, sabía que ellos, como el resto de nosotros, necesitaban comenzar por rendirse completamente a Cristo nuestro Rey. Tenemos que permitir que Jesús conquiste nuestro orgullo y voluntad obstinada.

Sentir vergüenza de nuestros pecados

Cuando al Papa Francisco se le preguntó en una entrevista por un compañero Jesuita, “¿Quién es Jorge Bergoglio?” respondió, “Yo soy un pecador. Esta es la definición más exacta. Y no se trata de un modo de hablar o un género literario. Soy un pecador … quien el Señor ha puesto los ojos”.

El sentido de sí mismo del Santo Padre surge de estar arraigado en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Por medio de un examen diario, el fundador de los Jesuitas enseñó a sus hermanos a tener auto aceptación y auto acusación para ser conscientes de sus propias fallas y así motivados por la vergüenza (que “pica la conciencia”) a crecer en la virtud. Con un enfoque en Cristo, la orientación le da a uno claridad acerca de cómo agradar a Dios y obtener la vida eterna.

Así que, en la fiesta de este gran santo, le dijo a sus compañeros Jesuitas, “…contemplando a Jesús, como nos enseña San Ignacio en la Primera Semana, sobre todo contemplando al Cristo crucificado, sentimos ese sentimiento tan humano y tan noble que es la vergüenza de no estar a la altura; contemplamos la sabiduría de Cristo y nuestra ignorancia, Su omnipotencia y nuestra debilidad, Su justicia y nuestra iniquidad, Su bondad y nuestra maldad (cf. EE, 59). Pedir la gracia de la vergüenza; vergüenza que me llega del continuo coloquio de misericordia con Él; vergüenza que nos hace sonrojar ante Jesucristo; vergüenza que nos pone en sintonía con el corazón de Cristo que se hizo pecado por mí; vergüenza que pone en armonía nuestro corazón en las lágrimas y nos acompaña en el seguimiento cotidiano de ‘mi Señor’. … nos lleva siempre, individualmente y como Compañía, a la humildad, a vivir esta gran virtud”.

El camino a la amistad con Cristo comienza sobre la roca sólida del arrepentimiento y la fe; como Jesús dijo a Sus primeros discípulos (Marcos 1:15), “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio”. Sabiendo que esto es un regalo completamente inmerecido, San Ignacio, como San Fracisco de Asís y San Pablo de Tarso antes de ellos, nos insta a tener el valor de confesar nuestros pecados y poner toda nuestra confianza en la misericordia de Dios en Cristo Jesús.

Una vez que nos arraigamos en la verdad de quienes somos ante Dios, es decir, pecadores por quienes Cristo murió en la cruz, entonces, estamos dispuestos a consagrarnos como San Ignacio y los Jesuitas han hecho “ad maiorem Dei Gloriam”, para mayor gloria de Dios.