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BISHOP THOMAS J. OLMSTED

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Permaneciendo uno en Cristo:

El desafió de SB 1070

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“Les doy este mandamiento nuevo; que se amen unos a otros.  Ustedes se amarán unos a otros como Yo los he amado. Así reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: si se aman unos a otros” (Juan 13:34-35).

Desde sus primeros días, la Iglesia ha sido conocida por la manera extraordinaria en que sus fieles han puesto en práctica este mandamiento del Señor de “amarse unos a otros.” Este amor fue observado tan claramente que causó a los paganos, mientras observaron el comportamiento de los primeros Cristianos, a exclamar, “¡Miren como se aman unos a otros!” De hecho, muchos fueron conmovidos a hacerse Cristianos debido a lo que observaron.

Los santos a través de nuestra historia han sido testigos poderosos y  convincentes del amor de Cristo en cada generación. Desde el primer mártir, San Esteban, quien perdonó a los que le quitaron su vida, al gritar, “Padre, ¡no les tomes en cuenta este pecado!” hasta la Bendita Madre Teresa, quien incansablemente pasó su vida en el servicio a los pobres y enfermos de las calles de Calcutta, a San Francisca Javier Cabrini, una inmigrante a nuestra propia tierra, quien sirvió las necesidades de los inmigrantes pobres de América al establecer escuelas, hospitales y orfanatos numerosos, a través de nuestro país; la nuestra es una historia de atestiguar atrevidamente al amor de Cristo por la salvación del mundo.  

En nuestro tiempo también estamos llamados a continuar siendo ejemplos heroicos del amor de Cristo. Tenemos ante nosotros unos desafíos pero también unas grandes oportunidades de ser signos claros del amor incondicional de Dios al demostrar unidad con todos nuestros hermanos y hermanas en la fe. Al ver el amor que la comunidad Cristiana tiene el uno por el otro, el mundo más fácilmente llegará a esperar en el Señor.  

Como pastor mirando al rebaño encomendado a mi cuidado, veo una multitud de creyentes de muchas razas y naciones. Mi primera preocupación es la salvación del alma de cada uno. Es cierto que hay muchas amenazas a la dignidad de la persona humana.  Los no nacidos, los enfermos, los ancianos, los pobres y los inmigrantes muchas veces son los miembros más vulnerables de nuestra sociedad y deben ser una preocupación especial para los seguidores de Cristo.

Al reflexionar sobre como los santos a través de la historia han compartido el amor de Cristo con los más necesitados entre ellos, muchas veces encarando la oposición fuerte, estoy impresionado por su perseverancia al seguir el mandamiento del Señor. Enfrentando gran adversidad, ellos pusieron su llamada más alta de amar por encima de su naturaleza humana y muchas veces por encima de sus propias necesidades. Estamos en  buena compañia cuando defendemos la dignidad de la persona humana en una cultura que, tristemente, muchas veces no lo hace. 

En nuestro propio tiempo hay una necesidad de recordar esta llamada a amar, especialmente al considerar de la controversia muy anunciada y el debate emocional sobre la nueva ley de SB 1070 en Arizona.

Aunque las autoridades civiles ciertamente tienen el derecho y el deber de regular la inmigración a nuestro país, y todo el mundo tiene el deber de obedecer la ley, el hecho de que nuestro sistema corriente de inmigración está quebrado y requiere reforma es muy claro. La necesidad para reforma humanitaria y eficaz a nivel nacional se ha hecho dolorosamente clara otra vez.

Yo permanezco con mis hermanos obispos de los Estados Unidos en urgir a al Congreso y al presidente a que se encarguen de ratificar la reforma comprensiva de inmigración tan pronto como sea posible. Sin la acción inmediata por el gobierno federal, la buena gente en ambos lados de  este tema continuarán de sufrir innecesariamente.

La Iglesia espera y ofrece su oraciones fervientes que las mentes tranquilas y razonables prevalecerán y que una solución justa esté realizada que beneficiará a todos los hijos de Dios. Y para la comunidad de creyentes, nos ha dado el deber y la gracia de estar unificados en un amor visible, unos a otros, con el inmigrante, el nonato y todas las personas sin poder de nuestra sociedad. Jesús rezó antes de su muerte, “Tú, Padre, estás en Mí, y Yo en Ti. Sean también uno en nosotros; así el mundo creerá que tú me has enviado." (Juan 17:21)

En el segundo siglo, San Justino Mártir se maravilló a como el Señor había transformado los corazones y las mentes de sus seguidores y les hizo testigos claros al amor incondicional de Dios. Al escribir sobre la comunidad Cristiana, él observó, “Nosotros, que antes por sobre todo estimábamos a adquirir riquezas y posesiones ahora compartimos con cualquier persona necesitada. Nos odiábamos y destruíamos unos a otros y rehusábamos asociarnos con personas de otras razas o países. Ahora, debido a Cristo, ¡vivimos juntos con tales personas y rezamos por nuestros enemigos!” (“San Justino Mártir,” Capítulo XIV)  ¡Qué imagen maravillosa de unidad y amor en la Iglesia!

¿Cómo es posible lograr esta unidad?  Humanamente, no es posible. Pero, agradecidamente, no hay nada imposible para Dios. San Pablo indica la solución. “¡El amor de Cristo nos urge!” (2 Corintios 5:14)  Jesucristo nos amó primero. Ciertamente, el amor de Cristo nos urge y unifica nuestra comunidad Católica en un bono de amor fraternal que no debe ser violado por ningún poder terrenal y ciertamente no violado debido al estado de inmigración de una persona.

La Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. Compartimos Una Fe, Un Bautismo y Un Dios y Padre de todos. La Iglesia es Santa en que ella está aparte por Cristo por el propósito especial de extender su redención y santificación al mundo.  La Iglesia es Católica o universal en que existe para todas las personas de todas las razas y naciones en cada tiempo y lugar. Esta fe en Jesucristo nos viene de los Apóstoles que dieron sus propias vidas por la unidad, vida y el amor de Cristo y todo su pueblo.

Que los lazos del amor de Cristo nos unan y nos traigan mucha alegría. En las palabras de la Sagrada Escritura (Salmo 133:1)), “¡Qué bueno y agradable cuando viven juntos los hermanos!